San Bernardo (Castillo de Fontaines, Dijon, 1091 - Claraval, 1153) es el último de los Padres de la Iglesia, pero uno de los que más impacto ha tenido. Nace en Borgoña, Francia (cerca de Suiza) en el año 1090. Con sus siete hermanos recibió una excelente formación en la religión, el latín y la literatura. Ingresó en 1112 en la abadía cisterciense de Cîteaux y muy pronto, en 1115, pasó a dirigir el nuevo monasterio de Clairvaux (Claraval).
Con él, la Orden del Císter se expandió por toda Europa y ocupó el primer plano de la influencia religiosa. Participó en los principales conflictos doctrinales de su época y se implicó en los asuntos importantes de la Iglesia.
La Iglesia católica lo canonizó en 1174 como san Bernardo de Claraval, y lo declaró Doctor de la Iglesia en 1830. 
 

Querido lector, en este espacio queremos hacerte conocer los escritos de San Bernardo. Cuando lo leas comprenderás que estos escritos del siglo XII tienen mucha actualidad.


Tratado sobre el Amor de Dios

Hay quienes alaban a Dios porque es poderoso, otros porque es bueno con ellos, y otros por es bueno en sí mismo. Los primeros son esclavos y están llenos de temor. Los segundos son asalariados y les domina la codicia. Los terceros son hijos y honran a su padre.  Y hay un cuarto: la esposa, que no sabe nada más que amar, no actuando por ningún otro motivo que el amor.

PRIMER GRADO DEL AMOR: EL HOMBRE SE AMA POR SÍ MISMO.

Es el amor natural, carnal e innato de cada hombre y mujer de amarse y preocuparse por sí mismo(a), donde no comprende otra cosa fuera de sí. Este amor, legítimo, necesario y natural suele convertirse en un amor excesivo de sí, haciendo esclava a la persona de la comodidad y el placer que su carne le pide. Nos dice San Bernardo que ante esta realidad aparece este mandamiento como ayuda, freno y auxilio: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (amor social). Pues es, cuan mucho lo mejor y provechoso renunciar y negar los propios gustos y placeres, para ir en ayuda de las necesidades de los hermanos. Y como el hombre es débil y pequeño, ¿cómo podrá negarse lo necesario y dar a los demás sin la ayuda de la Gracia? ¿Cómo podrá amar de verdad al prójimo? Bernardo nos dirá: Mas para que el amor al prójimo sea perfecto, es menester que nazca de Dios, y que Él sea su causa. Y no podrá amarle en Dios sino ama a Dios. La impotencia, pues, nos lleva a no gloriarnos en nuestras propias fuerzas, tema muy querido y frecuente de San Bernardo, por lo que necesitamos el auxilio de Dios. Por esto el hombre carnal y animal, que sólo sabía amarse a sí mismo, comienza a amar también a Dios por su propio interés: experimenta con frecuencia que en Él puede todo lo que es bueno, y sin Él no puede nada.

 

SEGUNDO GRADO DEL AMOR: EL HOMBRE AMA A DIOS POR SÍ MISMO.

El exceso del amor de Dios, la ayuda de su gracia cuando la tribulación nos acecha, el auxilio de su Espíritu cuando las tentaciones arrecian, hacen que el amor incipiente e inicial hacia Él, es decir, el amor a Dios, pero por sí mismo, se transforme y sea amor también por ÉL.

TERCER GRADO DEL AMOR: EL HOMBRE AMA A DIOS POR ÉL MISMO.

Aquí el hombre se encuentra en otro estado de “conocimiento” de Dios, una manera de amor más perfecta en cuanto menos interesada, pues la ayuda y el auxilio Divino le ha hecho encontrarse ya no con las “gracias”, “regalitos” o “ayudas”, sino con Él mismo. Por sus “detalles” ha ido descubriendo y sobre todo gustado al Dador de todo Don. Ama de manera limpia y gratuita a Dios, y no porque sea bueno con para él, sino porque es bueno. En este grado permanece el hombre mucho tiempo, pues, y no se sabe si en esta vida puede hombre alguno elevarse al cuarto grado.

CUARTO GRADO DEL AMOR: EL HOMBRE SE AMA A SÍ MISMO POR DIOS

Este cuarto amor consiste en que el hombre ponga todo lo suyo a disposición de Dios, es decir, según su voluntad. Que nuestro gozo no consista en haber acallado nuestra necesidad ni en haber apagado la sed de la felicidad. Que nuestro gozo sea hacer su misma voluntad realizada en nosotros y por nosotros. Amar así es estar ya divinizado. Amor que se sumerge y queda fundido en Dios mismo. San Bernardo nos dice: son pocas o una sola vez en la que se llegue a experimentar el perderse, anonadarse aniquilarse en absoluto en Dios, pues es más de la vida celeste que la humana. Sin embargo, dichoso quien haya tenido dicha experiencia. Concluyendo, este amor es de quien no está ocupado en el cuidado de su cuerpo, sino entregado de lleno al Amor que Ama sin dejar de amar nunca. Aunque la plenitud de todo esto será en el cielo: “¡Y que el Señor nos lleve todos juntos a la vida eterna!”. Amén.
Es aquí donde el hombre recupera su yo auténtico, pues es totalmente de Dios.

“EL amor de Dios engendra el amor en el alma” SCant. 69,7